viernes, 5 de marzo de 2021

Anhelo Justicia

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Fuente: Feministas del Tec

Anónimo | 10 de septiembre de 2020

Entrar a Twitter y leer el nombre de tu universidad en un hilo sobre abuso sexual puede generar desconcierto. Especialmente si últimamente parece que sucede cada vez más seguido. ¿Sorpresa? No tanto, considerando lo rápido que se llenó el tendedero del acoso en el campus.

¿Enojo? En cantidades excesivas. Lamentablemente, puedo decir de primera mano, que no hay nada peor que ver a tu abusador en los pasillos de biblioteca.

Cuando le veía, me inundaba una combinación de coraje, impotencia, y vergüenza. La culpa me carcomía en el interior y la sangre me hervía a tal punto de que había momentos en los que me sentía enferma. Estaba asqueada, me llenaba de repulsión tan solo pensar que en algún punto iba a tener que volver a verlo.

En los pasillos, en los salones, en las áreas comunes, siempre caminaba observando. Esperando el momento en que él apareciera para alejarme. Desarrollé algo parecido a una fobia a estar sola dentro del campus, pues, inconscientemente, me negaba a caminar sin compañía por los pasillos de biblioteca.

Lo minimicé tanto que cuando se lo conté por primera vez a una amiga, pensando que lo había superado, lo conté entre risas. Risas entre ambas que pronto se convirtieron en mis lágrimas. Lágrimas de enojo, de rabia, de ira. Lágrimas de no saber qué hacer.

A lo largo de mi educación en el feminismo, me he topado con varios grupos de mujeres, todas con sus historias, muchas con historias parecidas a la mía. Y me he dado cuenta de que todas reaccionamos diferente ante lo que nos sucedió.

Yo tenía que decirlo, tenía que saber que no me lo había imaginado, tenía que recibir la opinión de alguien que me dijera que había estado bien mi reacción. Que no estaba loca por sentirme tan mal con lo que había pasado, que no estaba mal que quisiera salirme del campus con tal de no volver a verle. Que no tenía que esconder la situación entre risas, ni actuar como que no me había afectado.

Tristemente, se tomó como un intento de llamar la atención, que tal vez lo era, en el sentido de que quería prevenir que le pasara a alguien más, o en el sentido de que necesitaba que alguien me escuchara y me dijera que todo iba a estar bien. Así que, el “gran consejo” de la única maestra a la que le conté lo sucedido, llegó muy tarde. “Ten cuidado con a quién se lo dices”.

Y no quiero enemistar a las maestras, agradezco infinitamente a la maestra que me cambió de equipo sin siquiera preguntarme las razones detrás de mi petición. Pero sí quiero enemistarme con todo.

Todo el sistema, todos los “protocolos” , todas las historias, todas las reglas y todo lo que me hace desconfiar de mi lugar de estudios, a tal punto de que prefiero convivir con mi abusador a tener que pasar por un proceso que algunas llaman re-victimizante.

Les recuerdo que, limitarse a pedir que se hagan denuncias “por la vía formal” “por la vía institucional” “siguiendo el protocolo”, no es atender el problema.

Cuento lo terrible que fue (y es) para mí convivir con mi abusador, no para pedir apoyo o condolencias. Lo cuento para que se entienda que, a pesar del trauma, el dolor y la furia, no he denunciado “por la vía formal” porque no creo en ella.

Comprendo totalmente la necesidad de un proceso justo. Pero así como comprendo que “hay reglas” pido comprensión de la institución. Tal vez, solo tal vez, si las que sufrimos esto no denunciamos, es porque no existe confianza en el proceso. No existe confianza en las reglas. No existe confianza en la institución.

Tan solo vean nuestro entorno, tenemos a feministas tomando la Comisión de Derechos Humanos porque en nuestro país la justicia parece imposible. Sabiendo la dificultad que hay para obtener justicia, sabiendo la posibilidad de salir dañadas en el proceso, sabiendo la facilidad con la que se le da un carpetazo a nuestro dolor. ¿Qué les hace pensar que vamos a querer acercarnos por medio de un correo electrónico? ¿Qué les hace pensar que vamos a confiar en una “investigación” cuya descripción no pasa de “tomará el tiempo necesario”?

¿Qué les hace pensar que vamos a confiar en un proceso, que incluso nuestras maestras miran con renuencia?

Por si fuera poco, cuando el abusador está en posiciones de poder y es “importante” dentro de la comunidad (por pertenecer a algún grupo estudiantil, a algún equipo deportivo, o por aparecer en toda la publicidad del campus), parece imposible que se llegue a una “resolución”. En esta situación, la mención constante de “prevenir la difamación” parece un arma cargada, lista para cuestionarnos sobre momentos que preferiríamos olvidar.

Es doloroso saber (más bien, recordar) que nuestra comunidad estudiantil e institución son solo un reflejo de la sociedad en la que vivimos. Una réplica del México real donde parece que la mayoría de las veces las consecuencias solo le llegan a la víctima.

Me gustaría decir que no todo es negativo, aplaudo la valentía de las compañeras que han salido a denunciar públicamente a sus abusadores, pues son una inspiración para las que, incluso después de meses y años, aún no sabemos cómo reaccionar. Pero, francamente, desearía con todo mi ser que esto no fuera necesario.

Anhelo el día en que una institución de estudios sea eso, un lugar seguro para estudiar y desarrollarse, no un campo minado para las mujeres que quieren aprender. Un espacio donde los grupos estudiantiles se dediquen a sus actividades, no a defender a las víctimas de Christian, Fernando, Emilio, Roberto, entre otros. Una universidad que nos prepare como profesionales, no una universidad que normalice la impunidad.

Simplemente, anhelo el día en que haya justicia, en México y en el Tec. Ojalá sea pronto.

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