lunes, 19 de abril de 2021

¿Quién decide por ti?

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*Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de Grupo Nueva Prensa.

Foto: Nueva Prensa

Por: Roxana José Villa (Equipo de contenido Monitor NL)

Ahora que nos encontramos a escasos meses de terminar la segunda década del siglo XXI, podríamos afirmar que estamos viviendo un momento caracterizado por un presente inundado de contradicciones, desde el cual se piensa en el pasado con un relativo orgullo por el progreso alcanzado, pero también desde el que se observa con temor e incertidumbre un futuro carente de certezas. Son precisamente las contradicciones actuales las que hacen que de pronto algunos nos empecemos a cuestionar cosas como: ¿Qué es el progreso? ¿Tiene éste una definición universal? No podemos negar que cuando escuchamos esta palabra o la encontramos en algún texto, usualmente se representa con inmediatez en nuestra mente como las ocho letras que son capaces de sintetizar a la perfección, un vasto cúmulo de ideas positivas. Es decir, el pensar en el progreso como un antónimo de aquello que no resulta placentero o beneficioso para nosotros se ha vuelto algo que se realiza por inercia. Esta última, a su vez, comprende una manera de proceder que contradice aquello que nos caracteriza como especie, no solo en lo que respecta a nuestro instinto de supervivencia, sino a nuestra racionalidad.

Sin embargo, estas son habilidades a las que debemos recurrir para ejecutar un análisis retrospectivo y una introspección, mismas que nos permitan comprender que aquello que denominamos progreso ha sido campo fértil para el surgimiento de factores, que lo mismo pueden traer repercusiones negativas para nuestra especie y el planeta que habitamos, como todo lo contrario. Uno de estos elementos es la tecnología, concretamente las tecnologías de información y comunicación. Dentro de estas encontramos una serie de herramientas que rompen las barreras del tiempo y del espacio, pues permiten que las personas se comuniquen unas con otras. La comunicación, algo tan necesario para la vida en sociedad al permitir que se efectúen las relaciones entre los individuos.

Ahora bien, hablar de comunicación es aludir al mensaje, mismo que contiene palabras que, fusionadas entre sí, dan paso a la transmisión de ideas e información. Hoy en día nos encontramos inundados por miles de menajes, ya sea que los recibamos por medio de una pantalla de televisión o a través de anuncios en nuestras redes sociales. Con un sentimiento de miedo o curiosidad, hemos ido descubriendo que estos pueden llegar a nosotros no solo como consecuencia del acto voluntario que supone la búsqueda de un dato o al seguir la cuenta de una persona en determinada red social, sino simplemente por la zona geográfica en la que nos encontramos o por los intereses de nuestras amistades.

Este fenómeno se presenta con fuerza cuando las empresas promocionan sus productos o en el proceso de las campañas electorales. Por ejemplo, hace apenas unos días Heriberto Treviño y Karina Barrón, quienes se desempeñan como dirigente estatal y diputada local del Partido Revolucionario Institucional (PRI), respectivamente, publicaron en su cuenta de Twitter que 12 mil militantes del partido Movimiento Ciudadano (MC) habían renunciado a este para unirse al PRI. Paralelamente, la Secretaría de Comunicación Social de MC respondió a esto indicando que lo afirmado sobre ellos era falso y que más personas se habían afiliado a su partido. Lo anterior es un claro ejemplo de una campaña de desinformación que es empleada como estrategia política, ante la cual surgen los siguientes cuestionamientos ¿Hacia quien debemos orientar nuestro malestar?, ¿a los políticos por aplicar este tipo de estrategias o hacia nosotros, por dar pie a que nos consideren así de manipulables?

Y es que la gran mayoría se comporta como aquel hombre light que Enrique Rojas describía en 1998, a saber, una persona superficial hasta la médula, pues lo refleja en sus intereses, sus metas y en la manera en que actúa ante lo que se le presenta: indiferente o permisivo, de cualquier forma, sin criterios claros para discernir. Alguien que se conforma con lo que no debería conformarse, una persona que inspira lástima, pero no porque sea percibido como vulnerable, sino porque no se ha percatado de que no lo es. Es decir, la situación actual no tiene un punto de comparación previo, ya que disponemos de una cantidad enorme de información. No obstante, la preocupante realidad es que el ser humano está más desinformado que nunca. Claramente esto es una contrariedad, como lo es el que algunos vivan su experiencia terrenal creyendo que son dueños de su vida y que son ellos quienes eligen, cuando la verdad es que un ciudadano desinformado – o un hombre light – no es más que un producto. Sin embargo, alguien que se preocupa por informarse y por contrastar datos, es una persona que ha comprendido que es más que eso.  Por ejemplo, que, en política, este no representa un voto más, sino el voto que puede marcar la diferencia entre el ayer y el mañana. Tristemente no hemos terminado de asimilar que nos encontramos en un momento crucial, así que, por ende, no todos hemos asumido la responsabilidad de investigar y de exigir la información y los resultados que nos merecemos, o bien, de alejarnos de los superfluo para aventurarnos en lo profundo. Siendo esta última la verdadera experiencia liberadora, la que hace posible que cuando te cuestionen sobre quién decide por ti, tú seas capaz de responder: “yo mismo”.

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